Creía que mi uña amarilla solo estaba fea.
Hasta que una pedicurista japonesa me cogió el pie, lo puso a contraluz y me hizo una pregunta que no supe responder.
Mi uña del dedo gordo, tal cual, sin esmalte. Cinco años tapándola.
Una pedicurista japonesa vino a casa de una mujer de 60 años y, antes de empezar, sacó de su bolsa una cajita blanca envuelta en un paño. Lo que le preguntó al verle la uña del dedo gordo la tuvo dos semanas leyendo y le cambió lo que hacía con ella.
Llevo treinta años cuidándome los pies. Crema cada noche, las uñas cortas y pintadas desde junio.
Si hace un año me hubieran preguntado si me cuidaba los pies, habría dicho que sí sin pensarlo.
Y aun así, hace cinco años, la uña del dedo gordo se me empezó a poner amarilla. Primero en la punta. Luego más gruesa. Me la cortaba más corta, me la limaba por encima y me la pintaba antes de cada comida.
Así la tapaba antes de cada comida: esmalte encima y a correr. Al mes siguiente, la misma uña y un poco más gorda.
En la piscina, el calcetín. En casa de mis amigas, el calcetín. En agosto, zapato cerrado.
Yo lo achacaba a la edad. Mi marido, a un golpe antiguo. Y mi hermana, a que no me secaba bien los pies.
Para mis sesenta, mis hijas me regalaron algo que yo nunca me habría pagado: una pedicura en casa con una profesional japonesa que trabaja en Madrid.
Emiko llegó un sábado por la tarde con sus limas enrolladas en una funda de tela. Pero no fue eso lo que me llamó la atención. Junto a las limas, envuelta en un paño, traía una cajita blanca.
Emiko, en mi salón. Sus limas, sus paños y aquella cajita blanca que yo tomé por una lámpara de secar esmalte.
Me reí y le dije que no hacía falta, que yo ya tenía mis aceites y mi esmalte. Ella sonrió y siguió sacando sus cosas.
Me quité el esmalte para que me viera la uña tal cual. Emiko no dijo nada. Me cogió el pie, lo giró hacia la ventana y apretó la uña con el pulgar.
«¿Ve lo gruesa que está por debajo? Todo eso que se echa usted encima, ¿hasta dónde cree que llega?»
Me quedé con el algodón en la mano. No supe qué contestarle.
«¿Hasta dónde cree que llega lo que se echa?». En cinco años nadie me lo había preguntado.
«A ningún sitio», me dijo. «Se queda encima. Y lo que la pone amarilla no está encima: está debajo.»
En ese momento me lo tomé a broma. A una le escuece que la corrijan en su propio salón. Pero esa noche, cuando se fueron todas, cogí la tableta y me puse a leer.
Esa noche, en la cocina. Me puse a buscar y no paré en dos semanas.
Esa uña amarilla no era suciedad: vivía debajo
A los diez minutos encontré la explicación, y se me revolvió el estómago. Esa uña amarilla casi nunca es suciedad, ni la edad, ni un golpe. En la mayoría de los casos es un hongo. Y el hongo no vive encima de la uña: vive debajo, en el lecho, donde hay humedad y calor.
Lo que se ve es la placa. Lo que la pone amarilla está debajo, donde no llega nada de lo que te echas.
La uña es una placa dura. Todo lo que te echas se queda en la superficie. Por eso se va poniendo más amarilla, más gruesa y más quebradiza: no se mancha por arriba, se estropea por abajo.
Y cada mes avanza en la misma dirección: hacia la raíz. Mientras se queda en la punta, la uña nueva todavía sale sana por abajo.
Pero la raíz es la fábrica de la uña. El día que llega ahí, la uña ya nace gruesa y amarilla desde el primer milímetro.
Y ahora, con el frío, va más rápido. Calcetín y zapato cerrado todo el día: humedad y calor sin parar.
A la izquierda, empieza por la punta. A la derecha, ha llegado a la raíz. La mía estaba a medio camino.
Esa misma noche aparté del lavabo los cuatro frascos que llevaba años usando. Y pasé las dos semanas siguientes leyendo todo lo que encontraba.
Luego vi lo que pasa si la sigues tapando, y fue todavía peor
Lo que leí me explicaba el color. Lo que no me explicaba era por qué nadie me lo había dicho en cinco años. Y ahí me reconocí otra vez, porque casi todas hacemos lo mismo: taparla.
Cada mes son milímetros que gana hacia la raíz. La uña engorda, se deforma y se levanta.
Llega un punto en que roza dentro del zapato y molesta al andar.
Y salta a las de al lado, porque comparten calcetín, zapato y toalla. Lo que empezó en una uña acaba en tres o cuatro.
El final del camino que nadie quiere ver: la uña que se suelta del todo.
Quiero ser honesta con esto, porque me cansé rápido de los artículos que prometen demasiado. Yo no soy podóloga. Si la uña te duele, supura, está negra o tienes diabetes, eso lo tiene que ver tu médico, sin esperar. Aquí hablo de la uña amarilla y dura de siempre.
Pero en cinco años nadie me había hecho la pregunta de Emiko: hasta dónde llegaba lo que me echaba.
Lacas, aceites, vinagre: los miré todos y ninguno me convenció
Mi primer impulso fue el de siempre: comprar otro frasco. Pero cuando lo entendí, se me cayó la lista entera. Todo lo que había probado tenía el mismo fallo.
Mis cuatro frascos del lavabo. Todos para echar encima.
| Lo que se prueba | Por qué no llega |
|---|---|
| Lacas y cremas | ✗ Se quedan en la superficie de la placa |
| Aceites | ✗ Suavizan por fuera, pero no atraviesan la uña |
| Vinagre | ✗ Huele fatal y tampoco pasa de la superficie |
| Cortarla, limarla, pintarla | ✗ Mejora la foto un rato; al mes, igual |
| El láser de las clínicas | ✓ Llega, pero son muchas citas y casi nadie lo termina |
Todo trabajaba donde se ve. Y el problema no estaba donde se ve.
Un sábado me quedé veinte minutos en el pasillo de la farmacia, con las gafas de leer puestas, mirando cajas. Lacas, cremas y aceites.
El pasillo de la farmacia. Todo lo que había en él se echaba por encima.
Y allí, entre las lacas, me acordé de la cajita blanca de Emiko. Busqué la página donde la habían contratado mis hijas y le escribí, sintiéndome un poco ridícula. ¿Qué era la cajita que traía envuelta?
Me contestó a la mañana siguiente.
«Luz azul. Es lo único que atraviesa la uña. No trabajo sin ella.»
Luz. La misma idea del láser, pero en casa
Mi primer pensamiento fue que la luz sirve para ver, no para arreglar una uña. Pero Emiko me lo explicó, y después lo comprobé yo misma. Es tan lógico que da rabia.
Si no se puede llegar por encima, hay que atravesarla. Y lo único que atraviesa esa placa dura y llega al lecho, que es donde está el problema, es la luz.
La luz azul atraviesa la placa y llega debajo, donde ningún frasco llega.
Es lo que hacen en las clínicas con el láser. Funciona, pero son muchas citas, cada una con su viaje, y a mitad de camino casi todo el mundo lo deja.
Y no lo dice solo Emiko. Profesionales del cuidado del pie de Japón, Alemania e Italia lo resumen igual: lo que te echas por encima se queda encima; para llegar debajo hay que atravesar la uña, y lo que la atraviesa es la luz.
Es luz LED azul. No son rayos, no quema, no pincha y no lleva nada químico. Lo único que hace es atravesar la uña y llegar debajo.
El nombre que no dejaba de aparecer: OnyCure V3
El OnyCure V3: se abre, se cierra sobre el dedo gordo y la luz azul hace el resto. Siete minutos.
Buscar una para casa me costó más de lo que pensaba. Encontré lámparas de secar esmalte, que no tienen nada que ver, y aparatos de clínica a precio de clínica.
Pero un nombre no dejaba de aparecer. En foros, en reseñas y en dos grupos de Facebook que sigo: OnyCure V3.
Es la misma luz azul de las clínicas, metida en un aparato del tamaño de una caja de cerillas. Se abre, se cierra sobre el dedo y lo usas en el sofá. Siete minutos al día, cuando tú quieras.
Lo usan ya más de 9.000 personas en España. Antes de pedirlo hice algo que me da un poco de vergüenza: le mandé el enlace a Emiko. Me contestó con una palabra: «Ese.»
Tenía treinta días de prueba y se pagaba en la puerta de casa, al recibirlo. Lo pedí esa misma noche.
La primera semana
Así llegó, en tres días. Lo pagué al repartidor, en la puerta de casa.
Llegó en tres días y lo pagué al repartidor. Lo primero que me sorprendió fue el tamaño: me cabía en la palma. Y sin cables: lo usas donde estés.
Lo uso por la noche, viendo la tele. Pongo el pie en un cojín, cierro el aparato sobre el dedo gordo y a los siete minutos lo quito.
Siete minutos por la noche, con el pie en un cojín y la tele puesta.
La primera semana no vi gran cosa, y no te voy a engañar: casi lo dejo. Pero no molesta, no calienta y no huele a nada. Así que seguí.
Un mes después: mi opinión sincera
La uña del dedo gordo, en el mismo sitio y con la misma luz. Resultados no típicos: varían de una persona a otra.
La uña nueva sale distinta. Es lo primero que se nota: la parte que sale desde la base ya no sale amarilla.
Ya no la limo. La uña que sale es más fina, y el zapato ya no roza.
Pegas, las hay. Hay que ser constante: siete minutos todos los días. Y la uña crece despacio, así que esto va por semanas, no por días.
Lo más importante cuesta más contarlo. Este verano, en la comida de la boda de mi sobrina, fui en sandalias. La primera vez en cinco años.
En la boda de mi sobrina, en sandalias. Hacía cinco veranos que no me las ponía.
Lo que cuentan otros compradores
Inma, 59 · Toledo. Antes, en casa; cuatro semanas después, en su clase de pilates. Resultados no típicos: varían de una persona a otra.
★★★★★
«Soy su cuñada y fui la primera en reírme de la lamparita. Llevaba tres veranos con la uña pintada para que no se viera. La uña nueva ya sale clara, y en el pilates me quito los calcetines sin mirar quién hay.»
— Inma, 59 · Toledo · ✅ Compra verificada
Resultados no típicos · Results not typical.
Fernando, 64 · Cuenca, de ruta por la Ciudad Encantada con sus amigos.
★★★★★
«A mí lo que peor llevaba era el grosor: en las bajadas del monte, la bota me apretaba la uña. La uso por la noche mientras veo el fútbol. La que sale ahora es fina, y este otoño he vuelto a la Ciudad Encantada con los amigos.»
— Fernando, 64 · Cuenca · ✅ Compra verificada
Resultados no típicos · Results not typical.
Julia, 57 · Albacete. Antes, en casa; al mes, con los pies en el río. Resultados no típicos: varían de una persona a otra.
★★★★★
«No es magia. La primera semana no vi nada. Pero cada semana un poco menos amarilla, y al mes la diferencia con la foto del principio es enorme.»
— Julia, 57 · Albacete · ✅ Compra verificada
Resultados no típicos · Results not typical.
Y otros tres compradores que nos han mandado su antes y su después:
Tres compradores más, antes y después. Resultados no típicos: varían de una persona a otra.
OnyCure V3 frente a todo lo demás
| OnyCure V3 | Lacas y aceites | Láser de clínica | |
|---|---|---|---|
| Dónde llega | ✓ Debajo | ✗ Encima | ✓ Debajo |
| Dónde | ✓ En tu sofá | ✓ En casa | ✗ En la clínica |
| Tiempo | ✓ 7 minutos | ✓ Poco | ✗ Citas y viajes |
| Se acaba | ✓ Es tuyo | ✗ Frasco tras frasco | ✗ Casi nadie lo acaba |
| Químicos | ✓ Ninguno | ✗ Sí | ✓ Ninguno |
Siete minutos en tu sofá: sin citas, sin viajes y sin frasco que se acaba.
Hablemos de lo que cuesta, porque es la pregunta evidente
No voy a fingir que cuesta lo mismo que un frasco de laca. No es así.
Pero eché la cuenta de lo que llevaba gastado en cinco años: lacas, aceites, cremas, esmaltes y algún remedio de la farmacia. Un frasco detrás de otro, y la uña en el mismo sitio. Lo del láser de una clínica, cita a cita, ni lo miré.
Y tiene treinta días de prueba. Si no hubiera visto la uña nueva salir mejor desde la base, lo habría devuelto y este artículo sería otro.
Actualización. Cuando conté esto, escribí a la marca y les pedí algo para quien lo leyera. Por el Día del Cliente han dejado para quien llegue desde esta página un 50 % de descuento y, además, de regalo la segunda parte del tratamiento: el suplemento de resveratrol NAD+ con colágeno, para cuidar la uña también desde dentro (valorado en 20 €).
El OnyCure V3 y el suplemento de NAD+ con colágeno que va de regalo con el 50 %.
⚠ Compras reales hechas desde esta página
426 de las 600 · quedan 174 con el 50 % y el suplemento de regalo. Cuando se acaben, se acaba la oferta.
Se paga contra reembolso, en la puerta de tu casa y con el aparato ya en la mano. Y hay 30 días: o ves la uña nueva saliendo mejor desde la base, o te devuelven cada euro.
Entonces, ¿qué vas a hacer?
Entiendo que una lamparita no sea lo más emocionante que vas a leer hoy. Pero yo llevaba cinco años tapando esa uña con esmalte y escondiendo el pie en el calcetín. Hoy me descalzo en casa de mis amigas sin mirar quién hay delante.
En casa de mis amigas, descalza y sin mirar quién hay delante.
Puedes seguir con el frasco de turno y el esmalte encima. O puedes cambiar una sola cosa: llegar debajo.
Si lo haces, pídelo desde esta página: por internet hay lámparas de secar esmalte que parecen lo mismo y no lo son, y el 50 % con el suplemento de regalo solo está aquí. Y la próxima vez que Emiko venga a casa, hay una cosa que podrá dejarse en su bolsa: la cajita blanca.
⚠ Aviso para el lector. El 50 % y el suplemento de regalo solo existen dentro de esta página. Si sales de aquí, los pierdes. Sigue bajando: debajo están las opiniones de quienes ya lo usan y el acceso para los lectores. ↓






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