Cristina, de 43 años, estaba cansada de notar cómo su pelo perdía fuerza, brillo y densidad cada vez que se miraba al espejo. Decía que lo sentía “apagado, sin vida”, y lo peor: cada vez que se duchaba, veía más mechones en el desagüe.
Como mujer trabajadora y madre, apenas tenía tiempo para rutinas largas o productos milagrosos. Pero el cansancio visual de ver su pelo más fino sobre todo en la parte frontal empezaba a afectarle más de lo que admitía.
“Antes me gustaba soltarme el pelo… ahora lo recogía para que no se notaran las entradas”, confesó.
Durante meses intentó todo: champús anticaída, vitaminas, tratamientos de farmacia.
Nada cambiaba lo esencial: su pelo seguía rompiéndose después de cada ducha caliente. Hasta que un día, viendo un vídeo en redes, algo le hizo click.
Una especialista en cuidado capilar explicó que el enemigo oculto no siempre era la edad ni las hormonas, sino el agua.