Durante días, Lucía no pudo dormir. Lavó toda la ropa. Cambió el jabón. Vigiló cada pañal. Pero las manchas volvían… en silencio. Prendas limpias, perfectamente guardadas, aparecían con marcas sospechosas
.
Una noche, decidió instalar una cámara oculta en el salón. Lo que captó al revisar el video le heló la sangre: su vecina del piso de abajo, Ana, entraba a su casa con una copia de las llaves y rebuscaba entre la ropa del bebé.
Colocaba discretamente una sustancia marrón con una jeringa. ¿Por qué haría algo así? Al confrontarla, Ana se derrumbó: nunca pudo tener hijos, se había obsesionado con Lucía y su bebé, y sentía que "ella no lo merecía". Fue arrestada esa misma semana.