Voy a ser honesta: los primeros tres días, Miguel me miró como si me hubiera vuelto loca.
"¿Qué es eso?", me preguntó cuando vio el panel en la pared del salón.
"Pruébalo", le dije. "Si no te gusta, lo quitamos."
Puse su playlist favorita en el móvil, conecté el Bluetooth, y las luces empezaron a encenderse al ritmo de la música.
Al principio se quedó mirando. Luego, casi por inercia, levantó la mano y tocó una luz.
El panel emitió un sonido de acierto. Y entonces pasó algo que no había visto en meses:
Sonrió.
Empezó a golpear más luces. Se puso los guantes. Subió el nivel de dificultad. En diez minutos estaba sudando, riéndose, compitiendo contra su propio récord.
Y cuando terminó, por primera vez en semanas, vino a cenar sin que yo tuviera que llamarle.