Se llama Clara. Tiene 47 años, dos hijos y una rutina que antes parecía inofensiva: lavar, doblar ropa, guardar cajones.
Hasta que un día, entre calcetines y camisetas, apareció un sujetador. No era suyo.
Era más pequeño, más atrevido… y nuevo.
Primero dudó. Se lo probó. “¿Será de alguna vecina?” Pensó. Pero algo no encajaba.
Y entonces, lo supo. Su marido le estaba siendo infiel, y no solo eso… LE ESTABA LAVANDO LA ROPA a la moza en su propia casa.
Ese día no solo supo la verdad: la había tenido siempre delante, escondida entre su propia rutina.