Marta tenía 48 años y una vida que, desde fuera, parecía tranquila.
Trabajaba en oficina, llevaba 17 años de matrimonio y tenía una hija adolescente. Cada día era una repetición: trabajo, casa, compras, cenas, suegra los domingos.
Hasta que, mientras su marido se duchaba, el móvil de él vibró en la mesa. Un mensaje en pantalla decía: “Te recojo después de que deje a mi esposa en el supermercado. Prepárate, esta vez no quiero perdernos nada”.
Sintiendo que el corazón se le salía del pecho, Marta desbloqueó el teléfono. Encontró mensajes, fotos, planes. Viajes.
“Solo estoy esperando que me paguen a fin de mes y nos vamos donde quieras. Ella nunca querrá viajar. Contigo todo es diferente”.
Ese día no gritó. No lloró. Solo sintió algo dentro que se rompió.