Vivo en un bloque de pisos normalito en Madrid. Mi vecino de enfrente, Antonio, tiene el mismo piso que yo: misma orientación, mismos metros cuadrados, mismo año de construcción. Siempre pensé que pagábamos más o menos lo mismo de luz.
Hasta que un día, tomando cervezas en el rellano después de las Navidades, me confesó algo que me dejó absolutamente helado.
"¿Cuánto te ha venido de luz este mes?", le pregunté mientras me quejaba de mi factura de diciembre.
"Unos 30 euros", me dijo tan tranquilo.
Casi me atraganto con la cerveza. Yo había pagado 180 euros. Mismo piso. Mismas Navidades. Mismo frío. Mismo árbol encendido, mismo horno funcionando, misma calefacción.
"¿Cómo es posible?", le pregunté sin poder creérmelo.